Asistencialismo en acción

¿No es acaso cierto que hoy no sólo los desposeídos sino todos esperan, cuando se encuentran en problemas, el gran perdonazo bajo una forma u otra?

Con la destreza nacida de una larga práctica, absolutamente todos los protagonistas del conocido drama “fuerte temporal de viento y lluvia azotó al país” desempeñaron el fin de semana pasado sus papeles a la perfección: las señoras de los campamentos lloraron a mares con sus hijos en brazos, los propietarios de casas anegadas en pasajes inundados mostraron a las cámaras sus tristes enseres flotando a la deriva, los reporteros se sumergieron en el “líquido elemento” hasta la cintura, las mujeres y hombres anclas de la televisión pusieron sus mejores rostros de consternación ante tamaña catástrofe y las autoridades, casco o sombrero en ristre, aseguraron tener todo bajo control. Fue un episodio más de la lucha contra la pobreza, muchas gracias.
El episodio se inscribió en una historia larga e infructuosa, de lo cual da testimonio su sola reiteración. Desde hace 35 años, cuando Frei Montalva declaró la guerra a la pobreza bajo el eslogan “promoción popular”, el número relativo de pobres sólo parece variar de acuerdo a como varíen los parámetros estadísticos cuantitativos y cualitativos de su definición. En lo grueso sigue siendo más o menos la misma proporción de chilenos. Y puesto que dichos pobres ya por décadas han recibido las atenciones de numerosas agendas sociales, cabe presumir que la estrategia y conducción de esa batalla sigue caminos equivocados. ¿Será tal vez, como lo cree y lo advirtió el director del Hogar de Cristo, que los beneficios entrañan el riesgo de acostumbrar a los beneficiarios a no hacer otro esfuerzo que estirar la mano? Me temo que dicho riesgo es ya más bien una certeza.

Los “desposeídos”, en efecto, tras años de ser mantenidos en su subsistencia tal como los condenados del monarca eran alimentados con mendrugos para preservarles una lastimosa vida en sus mazmorras, han dejado ya de ser simplemente una denominación del colectivo agrupado bajo cierto quintil o decil de la distribución de ingreso, para convertirse en una entidad sociológica y moral por derecho propio, en el universo doliente de las víctimas de la injusticia, testigos y mártires de la perversidad del modelo. Como tales concitan el fervor del mundo progresista, el cual no cesa de articular en función de ellos las políticas que son capaces de concebir desde sus casas ideológicas en ruinas. Estas políticas se traducen, por obra y gracia de una expedita resurrección, en las mismas que profesaban cuando sus movimientos parecían vigentes, lo cual, dicho sea de paso, lleva a reflexionar respecto a la real diferencia que pueda haber al interior de ese cuerpo ideológico entre una idea viva y una muerta. Como sea, ese énfasis ha terminado por reconstruir en sus términos el meollo mismo de la ética y la política global de la sociedad, de modo tal que ahora no hay quien no considere casi un mandato divino el orientar primero que a ninguna otra cosa la actividad, interés, preocupación y acción del gobierno hacia los desposeídos.

El resultado para estos últimos de dicha sempiterna preocupación -ya lo hemos dicho más arriba- no ofrece muchos éxitos que celebrar. Los progresos en esta materia han sido menos obra de los programas sociales que del desarrollo del país a lo largo de unos 25 años de crecimiento decente. Los programas sociales, al contrario, han tenido un efecto importante sólo en términos de institucionalizar entre muchos pobres una actitud de activa exigencia de donativos, combinada con una abismal pasividad para conseguir algo por su cuenta: el labriego pobre que mal vivía con su esfuerzo ha devenido en el poblador urbano que mal vive sin ninguno. Mientras tanto se desposee continuamente a la clase media con una avalancha ininterrumpida de impuestos y cargas directas o indirectas. Esto equivale a que en nombre de una curiosa concepción de la justicia se cometa a diario la injusticia de desposeer al sector trabajador del país en beneficio de una creciente casta de limosneros. Es el asistencialismo en acción, pero de una variedad que ya no se atreve a pronunciar su propio nombre e intenta demostrar que desarrolla las condiciones para el auto-esfuerzo. Es más, tras esa aparente retirada de la caridad a la antigua se esconde, a la inversa, una infección del cuerpo social entero con su enfermizo meollo doctrinario. ¿No es acaso cierto que hoy no sólo los desposeídos sino todos esperan, cuando se encuentran en problemas, el gran perdonazo bajo una forma u otra? Paso a paso el país se ha reconstruido a imagen y semejanza de un lazareto para inválidos y enfermos terminales, en un ámbito de novela de horror donde impera la moral de la enfermedad, el discurso de la queja, las posturas de la autocompasión y el reposo vegetativo. Pero quién sabe: los genios comunicacionales del gobierno tal vez logren re-traducir todo eso como parte de la agenda del crecimiento.

F.Villegas

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