El costo de ser hombre

Los ideólogos de la llamada “Nueva Masculinidad” sostienen que no es cierto que el hombre sólo coseche beneficios del orden patriarcal en que vivimos y que, por el contrario, éste le obliga a pagar un precio elevado y doloroso en lo emotivo.

Si bien en los últimos veinte años se produjo en el mundo industrial, y en parte de América Latina, una ofensiva feminista en contra de la discriminación sufrida por la mujer a lo largo de la historia, ahora comienzan a elevar también su voz los hombres heterosexuales, hartos ya de ser vapuleados como culpables y beneficiarios del orden patriarcal. Tal vez la emergente “nueva masculinidad”, que acepta el feminismo y entusiasma a algunos chilenos, pueda contribuir a diseñar una educación más moderna, que cuestione y debilite la estructura machista de nuestra sociedad.

Durante el reinado sin contrapeso del orden machista, cuando la mujer sólo quedaba a a cargo del cuidado de los niños, la casa y la cocina, y el hombre trabajaba fuera, éste no tenía problemas con su rol. Era el “monarca”, su opinión ley y la mujer le debía tanta sumisión como los hijos. Todo cambió abruptamente, sin embargo, cuando, impulsada por el desarrollo económico y el movimiento feminista, la mujer occidental comenzó a trabajar fuera y el esposo a compartir las labores hogareñas. Aunque fue un cambio trascendente, poco sabemos sobre cómo los chilenos nos adaptamos a un proceso que pone en jaque nuestro papel tradicional, y poco sabemos del impacto que supuestamente ha jugado la educación básica y media en ese cambio.

Las primeras manifestaciones de lo que nos esperaba las experimenté en Alemania en los ’70, donde existían numerosas librerías y cafés, manejados por feministas radicales, que prohibían el ingreso de hombres. Era la época del esplendor de la reivindicación femenina y los hombres parecían ser responsables de todos los males de la humanidad. Las editoriales y el cine comenzaron a brindarle espacio a las hijas de Simone de Beauvoir, y el discurso feminista era a ratos decididamente anti-masculino. Tras la ola feminista, en la sociedad industrial occidental muchos homosexuales salieron del “closet”, admitieron abiertamente su identidad y ganaron presencia pública, cosa que lograron sólo parcialmente en América Latina. Tanto las reivindicaciones feministas como el discurso homosexual revelaron una situación inédita: si bien los hombres heterosexuales mantenían el control social, habían perdido parte de su hegemonía discursiva ante una crítica fundada en estudios culturales, históricos y sociológicos de universidades europeas y norteamericanas.

Después de un período de prolongado silencio -en que no faltaron los machistas irreductibles-, en los ’90 comenzaron a perfilarse en el mundo industrial grupos de hombres heterosexuales que promovían la colaboración con las feministas, aceptando parte de sus demandas, pero buscando al mismo tiempo reformular su propia masculinidad. Eran hombres que, al sentirse atacados por distintos frentes, buscaban articular una respuesta teórica. Hoy ésta sostiene que no es cierto que el hombre sólo coseche beneficios del orden patriarcal en que vivimos y que, por el contrario, éste le obliga a pagar un precio elevado y doloroso en lo emotivo.

No es casual por ello que en Chile existan hoy numerosos grupos de hombres que discuten sobre su nuevo papel en un país donde la mujer conquista posiciones y los homosexuales mayores espacios públicos. Hace un tiempo conocí dos agrupaciones que abordan aisladamente la “nueva masculinidad”: “Fray Luis”, en el exclusivo barrio de San Damián, y “Sopa de Machos”, en La Reina. Me resultó interesante constatar que se trata de tipos de mediana edad, pertenecientes a estratos altos, que intentan redefinirse como esposos y padres en un medio que no les permite reeditar el machismo de sus padres y que cuestiona sus roles tradicionales.

Son individuos que quedan a cargo de los hijos cuando la mujer sale, que cocinan, mudan a la guagua, lavan y planchan, pero que aún observan a la mujer con cierto paternalismo. Inmersos en esta nueva realidad, debaten apasionadamente cómo ser un hombre moderno -guaguatero y cacerolero- sin dejar de ser plenamente masculino, y cómo establecer una relación acorde a la que espera la mujer emancipada.

Robert Bly, uno de los ideólogos de la nueva masculinidad en Estados Unidos, sostiene que el feminismo ha sido positivo al conseguir mayor justicia y participación para la mujer, pero que al mismo tiempo ha convertido al hombre en un ser “sumiso”, “domesticado” y “desorientado”, que pide excusas por ser hombre. Otro experto, Michael Schwalbe, dice que también el hombre es víctima del orden patriarcal, pues éste identifica la masculinidad con el éxito profesional y la riqueza, y exige un ser “racional”, negándole al hombre el derecho a desarrollar su lado emocional.

Los defensores de la nueva masculinidad dicen que la sociedad machista castra la sensibilidad masculina, impidiéndole expresar sentimientos íntimos. En verdad, en Chile lo primero que le enseñamos al niño es a no llorar “como una mujercita”. La inexpresividad se agudiza más tarde, cuando el muchacho tiene que convertirse en el “proveedor” de la familia y ser exitoso, competitivo y duro, y debe incorporarse al mercado, defender la familia y estar dispuesto a ir a la guerra. Todo esto se refleja posteriormente en el hecho de que, según las estadísticas, el hombre es menos saludable que la mujer, trabaja durante más años y vive menos que ella. En la sociedad machista, recuerdan los sicólogos, los hombres apenas interactúan con sus hijos, pues su papel de proveedores los obliga a dejarlos en manos de la madre o una “nana”, y así rara vez pueden compenetrarse con ellos como la madre.

Los historiadores de la nueva masculinidad dicen que el papel del hombre actual no es expresión del “desarrollo natural” de la especie, sino más bien producto del tipo de individuo que requiere la sociedad capitalista desde sus inicios: un ser estoico, inexpresivo emocionalmente, disciplinado, aislado, dispuesto a dejar a la familia por mandato del mercado y de los intereses del Estado. Los expertos insisten en que no todo brilla para el hombre en la sociedad machista, y que son especialmente los hombres desempleados y pertenecientes a los estratos bajos quienes más traumas sufren en un mundo en donde lo masculino se define a partir del poder y el dinero.

En Chile, donde el machismo sigue palpitando con vigor en el espacio público (véase la baja presencia femenina en la política) y el privado (donde la violencia intrafamiliar es usual), no se aplica un enfoque anti-patriarcal en la educación básica y media. Nuestra educación tiende a reproducir los roles añejos del hombre y la mujer, propios del subdesarrollo, y a perpetuar así el machismo. Es probable que la “nueva masculinidad”, aún en ciernes, pueda convertirse en un aliado clave de las mujeres en su lucha por eliminar la discriminación, crear un país moderno y debilitar a quienes, cual talibanes, prefieren ver a la mujer en su papel tradicional. No es casual que los países más desarrollados sean precisamente aquellos en donde las hijas de Eva -así como las minorías de todo tipo- sufren menos discriminación.

R.Ampuero

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