Los riesgos del pensar positivo

La ciudadanía debe reaccionar con extrema cautela y desconfianza cuando el Estado apela a sus sentimientos, ya que de este modo se apacigua y adormece la razón y el espíritu crítico.

Se dice que la diferencia entre el optimista y el pesimista es que mientras el primero ve un vaso de agua medio lleno, el segundo lo ve medio vacío. Esta propensión a ver las cosas en su aspecto más favorable o desfavorable depende del estado de ánimo del observador, el cual, a su vez, varía por diversas causas, pudiendo ser influido por enfermedad, por la ingestión de fármacos, por la publicidad y hasta por el cambio de las estaciones, entre muchas otras que sería largo enumerar. Antes de que se conociera la depresión, se hablaba de melancolía, afección que el diccionario define como una tristeza vaga y profunda “que hace que no encuentre el que la padece gusto ni diversión en ninguna cosa”. Cualquiera sea el nombre que usemos, la definición describe apropiadamente un estado de ánimo bastante generalizado en nuestro medio.
En estos días se realizan esfuerzos para levantarles el ánimo a los chilenos. El propio presidente Lagos ha hecho un llamado a dejar solos a los profetas del pesimismo, asegurando que “no vencerán los que quieren sumirnos en la depresión y el desánimo”. Mientras, una campaña publicitaria nos asegura que vemos lo que queremos, invitándonos a pensar positivo.

Si a usted le incomoda la restricción a los catalíticos, por ejemplo, véalo mejor en términos positivos e imagine que uno o dos días de restricción al año son, en realidad, su modesta contribución al mejoramiento del aire. Si le preocupa que dejará de disponer de 3/7 de su cotización de salud, se está alineando con los profetas del pesimismo; mejor pensar en términos solidarios sobre un problema que, por lo demás, sólo lo afectará en dos o tres años más.

Sin embargo, el intento de influir nuestro pensamiento a través de sentimientos, por positivos que estos sean, no concuerda con el lugar preeminente que la cultura occidental le asigna a la razón. Para lograr distinguir entre realidad y apariencia, entre lo verdadero y lo falso, se hace necesario depurar nuestra facultad cognitiva de toda influencia afectiva y aplicar un método racional y crítico. La restricción a los catalíticos es una limitación a derechos constitucionalmente garantizados y el aporte de 3/7 de la cotización a un Fondo Solidario es un impuesto, independientemente de que su aplicación se justifique apelando a los más nobles sentimientos.

La ciudadanía debe reaccionar con extrema cautela y desconfianza cuando el Estado apela a sus sentimientos, ya que de este modo se apacigua y adormece la razón y el espíritu crítico, lo cual siempre conduce a situaciones que terminan por restringir las libertades individuales, en función de bienes morales colectivos.

La apelación puede ser inocente y bien intencionada. La sugerencia de pensar positivo no busca tergiversar los hechos, sino invitarnos a ver el vaso medio lleno, y no atormentarnos con la idea de que está medio vacío. Pero también es posible obnubilar completamente nuestra facultad racional con campañas de desinformación, donde ya no es el ánimo con que miramos lo que se busca adulterar. Basta recordar a Aldous Huxley, quien describe, en Un mundo feliz, cómo las tensiones y el conflicto son aliviados mediante la distribución masiva de “soma”, una droga que permite al gobierno totalitario esclavizar a la población insuflándole una falsa sensación de felicidad.

Mientras el paisaje otoñal evoca sentimientos melancólicos, la protección de los derechos de las personas exige a la razón estar en permanente estado de alerta.

O.Mertz

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