Ser Chileno

Ser chileno

El sentimiento de patria o como se lo llame ha estado flaqueando y perdiendo su médula progresivamente, aceleradamente, año a año.

Se diría que ya no emociona ni interesa mucho, ni siquiera en período de Fiestas Patrias, izar banderas y verlas flameando en el techo o, a falta de un asta, mirarlas colgando desde la ventana afirmadas en los maceteros. Esas prácticas se ejercitan cada vez menos y a menudo sólo por miedo a una sanción municipal. Por lo mismo la frase sobre la “ciudad embanderada” es desde hace tiempo una desaforada y mentirosa descripción de un grisáceo paisaje de techos de calamina o zinc con uno que otro pabellón nacional ondeando aquí y allá, solitarios.
En ese y otros hechos parece revelarse que el sentimiento de patria o como se lo llame ha estado flaqueando y perdiendo su médula progresivamente, aceleradamente, año a año. Hay bastantes ciudadanos de los sectores medios altos para arriba para quienes afirmar su ciudadanía se ha convertido en algo casi vergonzoso, en un atavismo anacrónico; algunos incluso hacen mofa y alardean de despreciar ese tipo de cosas. Otros tantos sencillamente no se interesan en el tema o lo reducen a la simple fatalidad de estar en un territorio bajo el imperio de ciertas leyes y la necesidad de pagar impuestos. No pocos ven el país como una vaca lechera a la cual es bueno extraerle todos los “recursos” que puedan. Y finalmente, para muchos, sobre todo en los sectores más modestos, la chilenidad no pasa de ser un sentimiento confuso, una primitiva adhesión a signos tribales, a la curadera de las fondas y al tiquitiquití. De ahí la razón de preguntarse qué es ser chileno, más aun, de ahí que preguntárselo tenga ahora sentido como no lo hubiera tenido hace 30 años o más, cuando era prácticamente una opaca cuestión ontológica que no admitía ni requería preguntas.

Puede y debe preguntarse porque ya no nacemos ni crecemos en un medio aislado cuyos rasgos se presenten como venidos de la naturaleza. El resto del mundo dejó de ser una tierra fabulosa y vagamente señalada en los mapamundi; al contrario, nos invade con su presencia multitudinaria, se inmiscuye en nuestras costumbres, se insinúa por doquier con sus palabras, gestos, mercancías, oportunidades, imágenes y promesas. Lo “nuestro” no es sino un fragmento de una corriente incesante y caudalosa de alternativas de ser y de hacer. Hoy es posible optar: podemos escoger otras formas de vida, podemos declarar que en realidad somos de otra parte por la religión o la raza de nuestros abuelos, podemos comparar unas costumbres con otras y escoger las ajenas o podemos enredarnos con unas y otras y no saber qué queremos y por qué debamos querer. No es claro, entonces, qué sea ser chileno ni menos aun si valga la pena ser chileno o incluso si queremos ser chilenos. Es más, ni siquiera parece evidente que debamos escoger serlo o no serlo. A algunos el puro planteo de esta cuestión les parece un problema añejo y retrógrado.

Y sin embargo el tema no sólo es perenne y vital, sino además se hará más urgente a futuro. Ser de una patria tiene, primero, el elemental y fundacional sentido de habitarse en un particular territorio como propio y sin el cual, literalmente, no tendríamos dónde posar los pies. Es en una determinada fracción del globo, no en el aire como los pájaros, donde el hombre se nutre, respira, se regocija y despliega sus facultades; por lo mismo y simultáneamente significa ser signatario de un contrato colectivo que nos une al prójimo en la posesión común de ese suelo pues -qué fácil olvidar esto- no es sino en la cooperación con otros que se adquiere, desarrolla y conserva un espacio físico. Ser de una patria es entonces no sólo significativo sino inevitable y entraña en el acto al menos dos virtudes básicas: amor por ese territorio donde somos y podemos ser y lealtad y afecto para con aquellos con quienes lo hacemos nuestro. Sin patria no nos “liberamos” de un grillete de cariños y lealtades “anticuadas”, sino, al contrario, nos entregamos a las cadenas de la voluntad ajena que caprichosamente nos permita o no alojar en “su” espacio cuando quiera y por el tiempo que quiera. La libertad pagada a ese costo se convierte en esclavitud e irrelevancia.

Más aun, ser de una patria es requisito de supervivencia porque el mundo no se dirige precisamente a un idilio de paz universal. Mañana habrá de disputarse no sólo materias primas sino el mero espacio donde “poner” la nación; las que no tengan la debida dosis de amor y voluntad para defender el suyo serán despojadas tal como un animal débil y enfermo es la primera víctima del depredador. Finalmente, no lo olvidemos, ser chilenos significa que somos dueños de un jardín respecto al cual nuestro deber es preservarlo y embellecerlo porque sólo así, como cuando plantamos un árbol que jamás veremos crecer, damos obsequio a los que vienen. Y hacer ese obsequio es el único modo como podemos regalarnos a nosotros mismos el don supremo de escapar de la brutalidad y sin sentido de la pura existencia biológica.

F.Villegas

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