El Tercer Reich chileno

Durante la II Guerra Mundial hubo diplomáticos chilenos pronazis que, incluso, expulsaron y entregaron a algunos de sus pares por ser judíos. El autor se centra en Gonzalo Montt Rivas, cónsul de Chile en Praga, quien conoció el plan de exterminio de judíos ya en 1941. Farías destaca que el diplomático informó de esto al gobierno y entregó antecedentes a la Gestapo para enviar a 1.600 judíos a los campos de concentración.

Cada vez que llega un libro de Víctor Farías, filósofo e historiador chileno radicado en Alemania, se enciende el debate y hasta empiezan a correr las descalificaciones. Así sucedió cuando publicó Heidegger y el nazismo y Los nazis en Chile.
Antes de 1990, este catedrático de la Universidad Libre de Berlín era un perfecto desconocido. Esto se debe a que Farías, tras estudiar filosofía y germanística en la UC, partió en 1962 a un doctorado en Friburgo. Regresó a Chile en 1971, pero tres años más tarde volvió a Alemania. Por eso, recién se hizo conocido con la publicación de Heidegger y el nazismo (1987), texto prologado por Jürgen Habermas y que muchos criticaron por sacar conclusiones filosóficas a partir de hechos históricos. Pero a Farías, que conoció a Heidegger a comienzos de los ’60, las críticas no lo amilanan. Publicó después Los nazis en Chile, donde denuncia la realización de experimentos raciales con niños chilenos y la decisión de Allende de no extraditar a Walther Rauff. Por esto último, sostuvo una discusión con la diputada Isabel Allende que lo dejó, según sus palabras, “satisfecho”. Como buen polemista, en el nuevo volumen revisita este tema. Todo indica, entonces, que ahora el “zorro chileno” -apodo con que se lo conoce en Europa-, espera con ansias las reacciones que generará este nuevo libro que, como sus anteriores trabajos, busca revisar la historia tradicional.

Salvador Allende y el caso Walther Rauff

Simón Wiesenthal, de la Asociación de Víctimas del Régimen Nazi, pidió en 1972 al Presidente Allende extraditar a Walther Rauff, oficial de las SS que vivía en Chile. Allende, amparado en el dictamen de la Corte Suprema que en 1963 lo dejó en libertad, negó esta petición. Farías agrega que el abogado Eduardo Novoa, que en 1963 defendió los intereses de la comunidad judía, en 1972 era presidente del Consejo de Defensa del Estado. Pero tampoco hizo naa para promover la extradición.
ludiendo al escandaloso proceso de 1962/1963, Wiesenthal escribe: “Nosotros estamos convencidos de que desde entonces han ocurrido grandes transformaciones en su país. Estamos ciertos de que usted, señor Presidente, está dispuesto a defender la causa de los seres inocentes que fueron perseguidos: Usted será consciente de los crímenes cometidos por el Nacionalsocialismo en toda Europa…” Wiesenthal recibió una respuesta sorprendente para él a su solicitud, una que en absoluto se compadecía con su convencimiento de que en Chile entretanto habían “ocurrido grandes transformaciones”. A pesar de su solidaridad verbalista hacia un hombre ejemplar que había perdido a seis millones de los suyos, y entre ellos, a toda su familia en los campos de exterminio construidos por los camaradas de Walther Rauff, Allende no dejó entrever ni el menor gesto de solidaridad efectiva.

La documentación complica, sin embargo, aún más las cosas e introduce varios momentos paradojales. El régimen de la Unidad Popular puso en 1970 en marcha medidas estratégicas y tácticas para dar un vuelco revolucionario a la sociedad chilena. Pese a todo, es plenamente comprensible que al sumarse activamente a la “revolución chilena” y asumir cargos en ella, el abogado Schepeler, convencido como estaba de la inocencia del Standartenführer Rauff, no tomara ninguna iniciativa en el sentido de la solicitud de Wiesenthal. Pero lo que era lamentablemente normal en la actitud de Schepeler, en el caso de Eduardo Novoa mutaba en lo cualitativo contrario. De él era totalmente consecuente esperar un apoyo irrestricto a la solicitud de Wiesenthal. Más aún cuando la argumentación de éste coincidía absolutamente con lo que Novoa había defendido con erudición en 1962/1963. Nada de eso ocurrió. Nadie vino en ayuda de Wiesenthal, tampoco por cierto el otro asesor jurídico del presidente Allende, el ciudadano español y más tarde premio Nobel “alternativo”, Joan Garcés.

Estas críticas podrían ciertamente ser infundadas. Pero sólo a condición de aceptar que Salvador Allende ocultó a Schepeler, a Novoa y a Garcés la solicitud hecha por Wiesenthal. Por donde se tome el asunto, todas las alternativas conducen a un laberinto sin salida. También para los partidos que acompañaban a Allende. Se ha reproducido aquí sólo una pequeña parte de todas las denuncias hechas por el Partido Comunista en su órgano oficial El Siglo. Ellas no había servido de nada en 1963 porque los comunistas estaban entonces muy lejos de las instancias decisorias. Pero en 1972, cuando sus juristas y funcionarios ocupaban instancias institucionales, decisivas, esas declaraciones ya habían sido olvidadas y tampoco esta vez sirvieron de nada. El Partido Socialista en 1962/1963 se recordó de su pasado combativo y los diarios y revistas cercanos a su política denunciaron al “monstruo nazi”. En 1971, al conmemorar el 40 aniversario de su Partido Socialista, Allende hacía relucir su pasado antinazi: “Mientras yo era Secretario Regional en Valparaíso, hubo confrontamientos que resultaron con muertos de ambos lados. Pero más importante que eso fue la lucha ideológica entre sus planteamientos y en eso contribuyó extraordinariamente el partido.” Al llegar la carta de Wiesenthal, sin embargo, toda esa “lucha ideológica”, la suya y la de su partido, se esfumó del todo y hubo más, si cabe. En 1984, en el contexto de las peticiones que desató la acción de Beate Klarsfeld para solicitar la expulsión de Rauff, surgió otra vez, ahora nuevamente desde una posición de impotencia, la voz del Partido Socialista: “El Partido Socialista chileno declara que nuestro país no puede servir de asilo para los que han cometido crímenes contra la humanidad. Todas las sentencias, incluida la que denegó la extradición, aceptaron en forma indiscutible la participación de Rauff en los crímenes que se le imputan. La sentencia de primera instancia, dictaminada en 1963, estableció a la letra que se imputa a Walther Rauff el hecho de haber participado en la muerte de 97.000 judíos, tarea que se cumplía por medio de gases en camiones construidos con ese fin. El Partido Socialista proclama su vocación por la protección de los derechos humanos en cualquier lugar y circunstancia.” (Las Ultimas Noticias, 5 de febrero de 1984).

Del capítulo “Walther Rauff, Salvador Allende, la izquierda chilena y las mutaciones de la historia”.

Submarinos nazis en las costas de Chile

Hacia 1940, la infiltración nazi en Chile había alcanzado zonas estratégicas de nuestro país, como la educación o la msma FAMAE, donde trabajaban cuatro alemanes vinculados al nazismo. Había también una red de espionaje en las costas chilenas, que informaba a submarinos alemanes los movimientos de los barcos aliados, que se abastecían en Valparaíso de materias primas y petróleo.
El éxito parcial del arma submarina nazi tanto en América Central y el Caribe como ante la costa norteamericana, estaba supeditado a la efectividad del sistema de espionaje e información instalado en Chile. Su centro debía estar ciertamente ubicado en Valparaíso, porque el objeto más relevante de los submarinos nazis eran las naves que partían desde ahí y que, después de cargas y descargas, alcanzaban los puertos de América del Sur, América Central y los Estados Unidos con elementos vitales para los países aliados. Los documentos publicados en el primer volumen han puesto de manifiesto esta coordinación.

Los centros de transmisión instalados en Valparaíso comunicaban a las centrales nazis con todos los países del mundo y como tarea central tenían obviamente el revelar los embarques y desembarques, y las rutas de los navíos en cuestión. Esta importancia aumentó en 1942 cuando Brasil decidió asumir la lucha antinazi y, entre otras cosas, obligó a las radios nazis instaladas en Brasil a buscar en Chile una alternativa. Desde Valparaíso las centrales de Hamburgo eran abastecidas de datos precisos que debían orientar a los submarinos. Precisamente la extensión de la red que debían cubrir los submarinos debe haber sido la razón por la cual la presencia submarina nazi fuese relativamente escasa ante nuestras costas. El problema se redujo cualitativamente cuando a partir de 1942, los científicos ingleses inventaron un instrumento para descifrar todos los mensajes alemanes en clave. Con ello las rutas de los submarinos fueron detectadas masivamente y en pocos meses muchos de ellos fueron hundidos”.

(…) El segundo documento, un oficio secreto del intendente de Magallanes, también de 1941, alude al problema de los submarinos, pero en un contexto más amplio; a saber, advirtiendo al gobierno en términos bastante dramáticos de la necesidad de abastecer inmediatamente a las Fuerzas Armadas estacionadas en el extremo sur con suficiente armamento con el objeto no sólo de garantizar el orden público amenazado por las bandas nazis de la zona, sino también previendo una eventual aventura de invasión alemana. El oficio secreto fue transmitido al ministro de Defensa Nacional para su consideración. Toda esta documentación deja en claro que las autoridades chilenas disponían de información suficiente sobre el grado de posibles agresiones nazis en Chile y su articulación con las bases paramilitares del NSDAP – Landesgruppe(*).

(*) Partido Obrero Nacional Socialista Alemán.

Del capítulo “Los informes ministeriales sobre el espionaje y la infiltración nazi en Chile (1937-1944)”.

El cónsul que sabía demasiado

Durante la II Guerra Mundial hubo diplomáticos chilenos pronazis que, incluso, expulsaron y entregaron a algunos de sus pares por ser judíos. El autor se centra en Gonzalo Montt Rivas, cónsul de Chile en Praga, quien conoció el plan de exterminio de Judíos ya en 1941. Farías destaca que el diplomático informó de esto al Gobierno y entregó antecedentes a la Gestapo para enviar a 1.600 judíos a los campos de concentración.
De la correspondencia conservada se infiere que Montt Rivas ya desde mayo de 1939 había continuado su fanática política antisemita tendiente a influenciar a su Ministerio. En un oficio del 5 de mayo de 1939, destinado a exponer “Las cuentas del Consulado y la inmigración de judíos”, el cónsul describe al ministro de Relaciones Exteriores: “En nota 3.597 me dicen se ha manifestado a usted que el Departamento no desea la venida de israelitas, por ricos que sean; sin embargo, en el mes pasado, y en lo corrido del presente se autorizó telegráficamente la visación de más de 60 personas de esa raza. Una vez más me permito reiterar a Ud. que por ningún motivo me consideraré capacitado para dar visas sin orden expresa del Departamento, cada pasaporte visado lleva indicación del número del permiso; las empresas de navegación están instruidas para no dar pasajes a nadie sin confirmación de esta oficina, así que los pasaportes visados en enero y febrero, la mayoría quedará sin efecto…”. Se puede sólo conjeturar el alto número de seres humanos que con sus familias quedaron a disposición de la Gestapo a consecuencia del obstruccionismo criminal de Montt Rivas y otros de sus colegas instalados en otras ciudades del Reich.

(…) La serie de documentos del “dossier Montt-Rivas” se inicia con un comunicado secreto de la Oficina de Espionaje (Abwehrstelle) del SD en Praga, dirigido el 27 de septiembre de 1941 al representante del Ministerio de Relaciones Exteriores del Reich en Praga. Allí revela un agente del SD que “el cónsul Montt (…) tiene una inconfundible actitud pro-alemana (…), que él denuncia los intentos de influir a los checos contra el Reich como un intento de los judíos y de ciertos círculos católicos bajo la influencia del conocido político checo, el padre Sramek (…)”. El informe revela además que el cónsul Montt Rivas se apoderó de documentos confidenciales de la representación diplomática paraguaya que le había sido confiada y entregó antecedentes concretos sobre las visaciones que el entretanto depuesto representante de Paraguay, el judío Herbert Weil, había concedido a aproximadamente 1.600 judíos que, con sus familias, intentaban huir a Paraguay y Palestina.

(…) El 17 de abril de 1940, el representante del Ministerio de Relaciones Exteriores del Reich en Praga dirige a su ministerio en Berlín un oficio secreto en el que comunica lo siguiente: “Aquí se hizo presente el 15 de abril de este año el cónsul de Chile Montt Rivas (Cónsul de Oficio), quien hace poco asumió el Consulado Honorario de Paraguay, luego que al titular Weil (judío), no se le permitió el ulterior ejercicio de sus labores consulares. El Sr. Montt se expresó, con extraordinaria irritación, sobre los incidentes que pudo descubrir al hacerse cargo del archivo del Consulado de Paraguay. Weil debe haber entregado, ya desde octubre de 1939, esto es, también en un tiempo en que no le estaba permitido, aproximadamente 1.300 visas de inmigración a Paraguay a ciudadanos del Reich y el Protectorado (evidentemente todos judíos). Esta concesión de visas se hizo contraviniendo las disposiciones del gobierno de Paraguay, que al parecer ya hace un año ha prohibido el ingreso de judíos a Paraguay. Se supone que los dineros racaudados no han sido recibidos por el gobierno paraguayo. Weil habría girado los importes por las visas en plazos regulares durante varias semanas a nombre del consulado de Paraguay en Praga para el cónsul de elección Fischer (judío), quien tiene acceso a esa cuenta. Montt nos puso a disposición, por un cierto tiempo, las actas del Consulado paraguayo en las que se reproducen los nombres y datos de todas las personas que han recibido las visas de parte de Weil. Durante este tiempo estas actas fueron examinadas por el servicio de espionaje de las SS (SD) y de acuerdo a ello fueron utilizadas del modo que corresponde. El SD va a ponerme en antecedentes acerca de las verificaciones y también de las medidas que se adopten. Del mismo modo se va a averiguar cómo pudo el Anglo-Prager-Kreditbank hacerse de las autorizaciones para obtener divisas y hacer los giros correspondientes a Paraguay. El cónsul de Chile va a investigar por su parte y por vía oficial el resto del asunto”.

Todos los especialistas consultados han sido unánimes en confirmar que el giro “las actas fueron utilizadas del modo que corresponde” por parte de las SS significa que ellas sirvieron para arrestar a las víctimas y continuar el proceso hasta las últimas consecuencias.

Del capítulo “La diplomacia chilena y el holocausto”.

Alvaro Matus

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