El valor de la verdad

La ausencia de sanciones políticas,legales y sociales y la aceptación de la mentira como un modo lícito o al menos tácitamente tolerado de interacción entre los chilenos no deja de ser asombroso.

En la Grecia antigua era conocida la leyenda de dos pueblos vecinos -uno habitado por gente que siempre decía la verdad y otro en que vivían quienes mentían irremediablemente- y un viajero que, enfrentado a un cruce de caminos y no pudiendo reconocer a quienes pertenecían a uno u otro pueblo, no lograba distinguir cuáles indicaciones eran verdaderas y cuáles eran falsas.
Viene a la memoria este viejo acertijo en momentos en los cuales autoridades del ámbito público optan por no decir la verdad y callar cuando son descubiertos. La ausencia de sanciones políticas, legales y sociales y la aceptación de la mentira como un modo lícito o al menos tácitamente tolerado de interacción entre los chilenos no deja de ser asombroso. Independientemente de los aspectos morales envueltos, hay que destacar lo disfuncional que resulta para todo grupo humano el no poder distinguir entre el discurso verdadero y el falaz. En particular, ¿será legítimo preguntar al abogado del Consejo de Defensa del Estado presente en el foro a qué pueblo pertenece? Por su parte, el juez Juan Guzmán ha declarado que “lo que vale es lo que uno escribe”, con lo que le niega valor de verdad a lo que ha dicho verbalmente. Negar valor testimonial al discurso oral no sólo es contrario al sentido común, sino que también pone en duda la iniciativa del Poder Judicial  de introducir en el país una nueva modalidad o forma de administrar justicia, a través de juicios orales.

Si se acepta que el fin justifica los medios, como lo hacen todos los fundamentalistas, la mentira se convierte en un instrumento expedito para defender los intereses de la causa, fenómeno que también observamos cuando los temas en discusión se politizan. En estos escenarios, el imperativo es defender al acusado del propio bando recurriendo a estrategias que se ordenan en una escala de degradación moral progresiva, con la mentira, el ataque personal y la invención de conspiraciones para “explicar” las oscuras motivaciones del adversario.

En nuestro medio, estamos al parecer evolucionando desde la indiferencia frente a la mendacidad, a la aceptación de ataques evidentemente falaciosos, como el argumentum ad hominem. Se trata aquí de una de las falacias de atingencia, en la cual, en lugar de refutar la verdad de lo que se afirma, se ataca al hombre que hace la afirmación. Los blancos predilectos de este tipo de ataques son los periodistas que recogen información de interés para los lectores. Luego, son atacados los medios que publican esas noticias, acusándoseles de participar de oscuras confabulaciones destinadas a asesinar la imagen de algún personaje.

Todo hecho es susceptible de ser explicado mediante la elaboración de una teoría de la conspiración, lo cual sólo demuestra el bajo valor probatorio de este modo de razonar. Su escaso valor queda también al descubierto si se recuerda que es característico de los regímenes totalitarios, encabezados por dictadores del calibre de un Hitler, un Stalin o un Saddam Hussein, el recurrir a la invención de conspiraciones para consolidar su poder. Afortunadamente, los regímenes democráticos parecen ofrecer menos oportunidades para el florecimiento de las teorías de la conspiración.

¿Cómo encontraremos nuestro destino como nación, si no logramos reconocer cuál es el camino de la verdad? La analogía del viajero que no logra discernir entre los que mienten y dicen la verdad, deja en claro que la sociedad chilena no puede aceptar que faltar a la verdad constituye una opción legítima de acción.

O.Mertz

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